Como funcionario de Instituciones Penitenciarias, ya jubilado, y habiendo estado de servicio durante muchos años en el centro penitenciario de Granada, recientemente clausurado, valgan estas líneas como recuerdo y despedida a dicho centro. Dice un refrán aquello de “todo es acostumbrarse, cariño le toma el preso a las rejas de su cárcel” y aunque en este caso escribo como ex – funcionario, no tengo más remedio que admitir que algo de eso hay y algo de eso se contagia. También se dice que del roce nace el cariño y en nombre de tal afecto debo manifestar que no todo fue negativo en la antigua cárcel de Granada. En primer lugar, se trata de un edificio bien construido durante la Segunda República y cumplió como prisión a lo largo de 75 años. Las distintas plantillas que lo fueron atendiendo sucesivamente tienen el mérito de haber ejercido su difícil misión a pesar de algunas carencias existentes en el mismo cuando los viejos tiempos, principalmente en lo que respecta a falta de personal, escasez de medidas de seguridad e incluso deficiencias sanitarias. Lo más positivo es que, sin detrimento del respeto mutuo y la disciplina, internos y funcionarios eran en general como una familia, a veces mal avenida, cuando la época de los motines, pero familia al fin y al cabo. A diferencia de los macro centros penitenciarios de la actualidad en los que no se conocen los compañeros entre sí, ni estando de servicio el mismo día.
Tenía también la gran ventaja de estar en la misma capital, lo cual era beneficioso para aquellos que por cualquier circunstancia tenían algo que ver con el mismo, además de los funcionarios: familiares de internos, abogados, profesionales de la Justicia o Seguridad. Se puede decir que formaba parte del entorno urbano y que era algo nuestro, incluso como si la reinserción social de los allí acogidos estuviera más cerca y más posible. No podía ser de otra manera, eran nuestros vecinos.
Por lo tanto, se insiste en que no todo fue negativo en nuestra vieja cárcel. Lo que sucede es que el morbo de lo malo parece más perdurable, pero afortunadamente hubo más de bueno que de lo otro, hasta el extremo de no dársele importancia a tal asunto, porque era lo rutinario. Era el fruto de una labor silenciosa ejercida por unos y de un comportamiento generalmente normal observado por otros. Lo incidental, por su escasez, era lo anómalo que, salvo alguna situación tristemente luctuosa, siempre se resolvía satisfactoriamente.
Para terminar, resaltar ese detalle del escudo de la República situado en el frontispicio de la puerta principal respetado por unos y por otros a través del tiempo. Es de esperar que dicho escudo se mantenga como símbolo de que la convivencia ideológica es posible dentro y fuera de la cárcel. Sólo hay que tener buena voluntad.
Adiós pues a la vieja cárcel de Granada y que la nueva de Albolote sepa llevar también la pesada carga de la justicia, como la anterior.
lunes, 5 de octubre de 2009
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Resulta muy entrañable el recuerdo de quien ha pasado allí tantos años trabajando, ¡¡cuantas historias!!, que seguro alguna podría ser contada.
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