En el pasado de quienes ahora se nos conoce como personas de la 3ª edad ocurría que de forma oficial y a través de los cauces estatales, principalmente el llamado Frente de Juventudes y Sección Femenina, se intentaba monopolizar el tiempo libre de la gente joven, pero aquello era una misión a todas luces incompleta, por no decir imposible. Era tanto como querer canalizar el Amazonas. Popularmente hablando había más energía vital juvenil fuera de dichos cauces que dentro, aunque tal hecho no fuese oficialmente reconocido. Lógicamente igual que no se le pueden poner puertas al campo, tampoco se puede limitar a la naturaleza humana, especialmente cuando se es joven, pues siempre termina desbordándose. Eso sí, sin que en este caso llegara nunca la sangre al río y sin que los jóvenes de entonces nos comiéramos una rosca, porque se actuaba sin malicia aunque supiéramos nadar y guardar la ropa al mismo tiempo. Sencillamente, éramos como éramos y disfrutábamos siéndolo, al margen de interferencias foráneas. Por eso al estar mucho tiempo en la calle nos sentíamos libres como los pájaros, a pesar de los pesares de entonces.
Como consecuencia, nuestros juegos eran todo callejeros y a veces algo burros, la verdad, pero satisfacían la necesidad de evasión del ambiente cerrado de nuestras casas y nos servían para adaptarnos al entorno que no era nada fácil. Entre dichos juegos se pueden recordar el abejorro, el marro, el chiri–voy, la pata coja, el voy–toma, incluso también alguna “pedrea” de vez en cuando, etc. Igualmente nuestras “chuches”, por llamarles de alguna manera, eran acordes con la actividad física, pues no habiendo la variedad de juegos sedentarios de ahora, nos suministraban la energía natural necesaria para mantener aquel ritmo. Hay que decir que esas “chuches” de entonces siguen existiendo, pero no se sabe por qué razón tienen poca aceptación entre la gente joven actual, prefiriendo las artificiales de ahora, muy vistosas por cierto, pero de consecuencias no tan benéficas como las de antes: Entre estos se pueden citar las majoletas, almecinas, acerolas, azofaifas, algarrobas, tapacubos, el regaliz de palo, la cañadú, etc. Eso cuando no echábamos mano de la vega, que era como nuestra tierra de aventuras y de promisión, algo parecido al Far–West pero más grande, sobre todo a la hora de salir corriendo con las habas o frutas que eran una tentación, así como una especie de “trofeos deportivos” ante la admiración de los menos audaces. Además aquellas “chuches” no necesitaban de publicidad ni de colorines. El instinto era nuestro mejor consejero. Por eso quizá estemos aquí todavía para contarlo.
jueves, 24 de septiembre de 2009
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