viernes, 25 de septiembre de 2009

El año del conejo

Si el año pasado se nos recomendaba desde alguna esfera gubernamental el comer conejo por Navidad porque, a falta de otras “delicatessen”, al parecer era bueno y barato, estas próximas fiestas, por causa de la crisis económica, es posible que la situación empeore todavía más y si Dios no lo remedia, mucho me temo que en esta ocasión le va a tener que tocar el turno al gato. Por si acaso al mismo tiempo que al mío le he aumentado su ración de raspas de pescado, procuro ir marcando distancias en cuanto a nuestra amistad anterior, para hacer menos dolorosa la despedida, además de encontrarle así más atractivo en su momento culinario.
En cuanto a los perros no hago ninguna referencia porque son el mejor amigo del hombre y, si en tiempo de crisis, además de quedarnos sin dinero también perdemos el mejor amigo ¿con quién nos vamos a consolar? Por alguna razón misteriosa muchos pobres van acompañados de sus perros; lo que no se explica es de que se alimentan unos y otros. Tiene que haber en tal relación algún truco gastronómico, pues ya se sabe por experiencia que si a causa de la necesidad se empieza comiendo conejo y se continúa con el gato, se puede terminar aprovechando cualquier cosa. Todo es cuestión de acostumbrarse.
Seguramente me equivoque porque no soy entendido en economía pero de la misma forma que algunos delincuentes, si se lo propusieran, podrían ser grandes policías, hay también pobres de solemnidad que pueden ser inmejorables economistas, ya que la necesidad agudiza el ingenio, la aritmética o lo que haga falta; si se lo permitieran aunque solo fuese a prueba, es posible que lo hicieran mejor que algunos titulares en los consejos de administración de grandes empresas y bancos, pues nadie como ellos saben estirar el dinero hasta límites insospechables. También se podría proponer para hacerse cargo de las finanzas del Estado a una mujer, cuyo perfil social fuera el de un ama de casa experimentada y previo casting riguroso entre madres de familia numerosa. Probablemente saldríamos ganando con el experimento.
De todas formas, ahora que se va a terminar el aciago año del conejo, esperemos que Dios reparta suerte y el Estado dinero, de manera que el próximo año sea el de la abundancia o, en el peor de los casos, el de la solidaridad tanto en lo mucho posible como en lo poco real. En dichas condiciones no habrá crisis económica por la que merezca la pena preocuparse. Y mientras tanto, que nuestra madre Hacienda nos proteja de cualquier tentación de gastos incontrolados o veleidades caprichosas.

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