Desde mediados del pasado siglo las ideologías políticas y religiosas iniciaron un declive en el mundo occidental que hoy está llegando a niveles de escándalo cotidiano. El escepticismo, nacido de la desconfianza en el espíritu humano, con el consiguiente culto al cuerpo o hedonismo han traído como lógico resultado el nacimiento de un monstruo, que ahora tenemos convertido en adulto corrupto y generalizado: el consumismo universal o lo que es lo mismo, el triunfo del pesebre. Cuanto más se tiene más se consume y cuanto menos se tiene más se consumen los que padecen la carencia. Y es que en este baile de la peste del dólar, como dijera Albert Camus, entramos todos, los pobres y los ricos. Somos arrastrados irremisiblemente, hipnotizados por su vértigo, contagiados por su virus, bailando como zombis en este festival de la peste. Así no es de extrañar que toda ideología corra peligro de extinción, como ha ocurrido con algunos aspectos de la naturaleza. Lo grave del caso es que para ésta cuestión no se conocen asociaciones ecologistas fiables que protejan honradamente a la especie humana de esta caída hacia la animalidad absoluta. En tal situación hablar de obligaciones y responsabilidades, de solidaridad o espíritu de sacrificio, suena a chiste o a teatro rancio. Hay miedo o rechazo a comprometerse con una labor de riesgo, cualquiera que sea su matiz. Incluso es posible que siempre se busquen los derechos antes que las obligaciones o el medrar en lo que sea a costa de los demás y de la propia dignidad. Con tal panorama, tan solo nos queda la manipulación diaria de cierta prensa culpable de la oligofrenia social creciente, o de una televisión que nos regala generosamente la única libertad de la que es posible, la del zapping. Tan sólo nos queda la triste aventura del rebaño humano peregrinando por los triunfantes templos del consumismo en los supermercados.
Estos son pues los dioses paganos que mueven a la sociedad actual: la razón y el sentimiento se canalizan generalmente hacia el sexo, la droga y el dinero. Por eso, ante tal espantoso horror nos encontramos como decía Pablo Neruda en uno de sus poemas, “eternamente en fuga”. Contemplar si no esas masas humanas desbocadas en busca de una efímera evasión en fiestas o en vacaciones; o bien creyéndose espejismos pseudos religiosos, reduciendo a Dios al enanismo de su propio tamaño, al caer en la farsa de tanto falso profeta que vive a costa de tanto pobre ignorante; o buscando extrañas utopías políticas que son de colores distintos en sus bases y planteamientos, pero que al llegar al poder se vuelven todas del mismo color, el amarillo: el color del oro, del poder de la ambición, o lo que es lo mismo, el color de la paja en el pesebre.
Desgraciadamente, por este camino ya sólo queda la esperanza de que en un mundo futuro de humanóides quede, por lo menos, en algún zoológico perdido alguna jaula con unos cuantos especimenes humanos, como únicos representantes de los distintos pensamientos políticos y religiosos del pasado, para regocijo de espectadores mecánicos que los contemplen con su estúpida sonrisa de acero inoxidable.
Afortunadamente, nosotros padeceremos la enfermedad en fase terminal pero no leeremos el epitafio de la jaula. Siempre es un consuelo…
viernes, 25 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario