Uno de los trabajos o entretenimientos más duros puede ser el de ordenar, clasificar y eliminar cosas que alguna persona fallecida en el entorno familiar más inmediato ha ido acumulando a lo largo de su vida. Creo que mucha gente habrá pasado por tal desagradable experiencia. Es anímicamente y físicamente agotador: Tanto libro, tanta ropa, tantas revistas, tantas cosas y cosas, la mayor parte de ellas inútiles, pero que ahí están estorbando, como mirando la cara de víctima que se le pone a uno al verlas. Se termina por odiarlas sinceramente. Lo peor es cuando llega el tema de las fotos, postales, cartas y regalos, entonces es el remate final: El corazón sometido a un esfuerzo físico durante horas no es capaz de soportar tan solo unos minutos de recuerdos emotivos. Es imposible. Parece como si se estuviera desgarrando de alrededor parte del alma del ser querido ausente, hasta el punto de no atreverse a mirar la foto o pintura de su rostro, que contempla la escena desde la pared o sobre algún mueble; Testigo silencioso que si lo ves en tal situación parece cobrar vida en sus ojos, como reprochando a la conciencia por lo que se está haciendo, la colaborar con el destino para su más rápido olvido. Entonces nos damos cuenta de la crueldad pasiva de las cosas circundantes; miran y esperan, pacientes, vigilantes, a que el tiempo con su corazón de máquina nos convierta algún día en cosas, también como ellas: Ya sea en forma de foto en su marco, algún recuerdo personal o quizá un recipiente funerario con nuestra ceniza en su rinconera.
Las cosas han sido vida por un momento nada más; la vida o interés que en ese momento se haya puesto en tal o cual objeto, pero el afán desmedido por acumular cosas mientras se vive puede ser obsesivo y la mayoría de las veces incluso inútil.
Además de agobio, lo que más recelo estremecedor producen es saber que nos sobreviven siempre, que van a seguir ahí donde están, mientras los demás ya no estemos. Son como la embajada inerte del futuro, testimonio silencioso de cómo va a seguir el entorno sin nuestra presencia. Por ese agobio y por el recelo que provocan, cada vez deseo tener menos cosas; son una plaga contagiosa. Solamente se puede hacer alguna excepción con el dinero, pero ¿para que sirve el dinero si no es para comprar más cosas? En cualquier caso, estamos rodeados por ellas y el problema no tiene solución, puesto que son mayoría y se dejan querer. Hay que rendirse a la evidencia y convertirse también en cosas más tarde o más temprano. Resignación, pues.
viernes, 25 de septiembre de 2009
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