Se nota un cierto ambiente de crispación o agresividad cotidiana. Confieso que cada día resulta más inseguro salir a la calle y no por los problemas psicológicos o de cualquier otra índole, sino porque puede observarse que alguna gente va por la vida como por una guerra. Es para sentir recelo. Abunda cada vez más la descortesía por parte de individuos con respecto a las personas que tienen la mala suerte de cruzarse con ellos: todos parecen ciudadanos normales pero su actitud agresiva y sus miradas les delatan. Repito que no es cuestión de paranoia, ni cosa similar, porque los modales incorrectos, la falta de urbanidad o de educación, sobre todo hacia las personas mayores, es patente en ciertas situaciones que se presentan en el ámbito social. Todo esto sin hacer referencia a que el número de delitos de sangre o de violencia vaya en aumento, haciendo que la vida humana se cotice cada vez menos.
Es evidente que en tales condiciones la convivencia, a veces, parece más propia de una selva, en donde la soberbia es ley, la ley del más fuerte o del más aparente. Por eso creo que la mejor manera de remediarlo sería posiblemente volverse como ellos, dejándose llevar del contagio colectivo, pero hay que sobre ponerse en cualquier circunstancia, manteniéndose como persona racional aunque pretendan humillarte. No se si ocurrirá tal fenómeno por el problema de la crisis, del paro, por falta de civismo o porque la raíz de los males de España sigue siendo la falta de cultura, así como la manipulación constante de unos y de otros sobre la misma, devaluándose cuanto más se le toca.
En su tiempo, según el escritor y filósofo don Miguel de Unamuno, había un cierto porcentaje de españoles que razonaba y otro que embestía. Ignoro y no quiero saber como será en la actualidad dicho porcentaje, pero a la vista de las evidencias no parece ser que se haya ido a mejor desde aquel entonces.
Razonando positivamente, también puede suceder que tal actitud agresiva se trate solamente de simple apariencia auto-defensiva, una pose circunstancial pasajera, porque a la hora de la verdad termina siempre por aflorar la solidaridad y el compartir ante cualquier desgracia ajena, pero lo triste es precisamente que se tenga que esperar a un desastre natural o humano para comportarse como hermanos sin prejuicios, como Dios manda. Siempre pues nos quedará dicho horizonte de esperanza, por lo menos, para volver a encontrarnos con nuestro prójimo perdido.
viernes, 25 de septiembre de 2009
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