Señor Director de Ideal.- Hay dos productos que son bandera de presentación nacional, incluso internacional, como son el pan de Alfacar y el jamón de Trevélez, con los que se emula a diario en Granada el milagro evangélico del pan y de los peces, dada la asombrosa proliferación de los mismos. Cabe preguntarse, ante semejante abundancia, si todo lo que se ofrece como tal pan y tal jamón son realmente originarios del lugar cuyo nombre ostentan respectivamente y con merecido orgullo; porque, para que así fuera, tendría que haber en Alfacar inmensas llanuras de trigales, lo que como es obvio, no es el caso, y a su vez, en Trevélez ocupar gran parte de la Alpujarra con instalaciones porcinas colindantes unas con otras, cosa que lógicamente no ocurre así.
Ya se sabe que lo genuino del pan de Alfacar, aparte de la harina, es el agua milagrosa con el que se hace y el tipo de horneado del mismo, aunque en ciertos casos la materia prima es posible que venga de otros lugares, siendo transformada en Alfacar en una autentica joya, previo secreto de elaboración. Igualmente ocurre con el jamón de Trevélez, respecto del cual puede ser que parte de la producción provenga de otros sitios y que aquí reciba el tratamiento adecuado para su curación, con el aire de Sierra Nevada y la altitud de la zona. Toda esta actuación es completamente normal, además de lícita, pero como ocurre siempre con los buenos productos, lo más probable también es que nuestro pan y nuestro jamón tengan que soportar la enfermedad crónica de las imitaciones, así como de una fraudulenta publicidad, en cuyo caso habría que pensar en alguna fórmula de control para evitar la posible vulgarización de los mismos y así defender el prestigio de su calidad. Se podría alegar también que por su sabor los conoceréis, pero la mayoría de los consumidores no son especialistas en la materia y se confían o conforman con el nombre de lo que se les ofrece como auténtico, sin más averiguaciones.
Para nadie es ningún secreto que un buen bocadillo de pan con jamón es garantía de salud, placer y buen humor pero, si además el pan es de Alfacar, el jamón de Trevélez y el vino de nuestra tierra pasa a ser manjar de dioses, siempre y cuando no se nos dé gato por liebre o, tratándose de joyas alimenticias como en este caso y salvando las distancias del símil, cuarzos por diamantes. Esto sí que sería un pecado imperdonable, equivalente tan solo a cierta clase de escándalos, puesto que con la comida no se juega: no es ningún mandamiento, pero debería serlo.
jueves, 24 de septiembre de 2009
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