jueves, 24 de septiembre de 2009

Contagio Natural

El señor Equix era una persona singular. Así me lo pareció en un principio, aunque tratándole habitualmente se descubría que era un ser normal. Sin embargo, su singularidad consistía en que tenía un amor excesivo por la naturaleza, hasta el extremo de que se había enamorado de una montaña; de una montaña cualquiera, como podía haber sido otra cosa. Dicho personaje era un hombre entrado en años, con las mismas arrugas en su rostro que barrancos tenía la montaña a la que amaba y cuidaba con esmero como si fuera solo suya. Hombre de pocas palabras, con sonrisa un tanto irónica y mirada impenetrable, tan impenetrable como la espesa barba que se había dejado crecer; su afecto por la montaña elegida lo demostraba de muy diversas maneras: Poniendo piedras en los pequeños barrancos, a modo de muros para detener la erosión; limpiando de ramas bajas los pinos y arbustos; colocando piedras sobre la cumbre para hacerla más altiva y airosa, etc. Todo esto lo hacía con cariño e interés, incluso hablando con el entorno como si estuviera rodeado de personas o las cosas tuvieran vida propia. Tuve conocimiento de todo ello porque una de las veces que subí a dicho monte fui testigo de tales labores, mientras aquel hombre acariciaba las piedras y los árboles.
Aquello me llamó la atención. De momento creí estar ante un loco o un tío raro hablando solo. Por curiosidad me acerqué a él y hablamos. Según me contó, mientras subíamos a la cumbre, se había jubilado hacía tiempo, no encontrando mas aliciente en su vida que refugiarse en la naturaleza, con quien compartía compañía y ayuda.
En un descanso durante la subida, le pregunté, mirando lo majestuoso del paisaje: “¿No se siente usted solo ante todo esto?” Me respondió de forma indirecta, diciéndome los nombres de todos los picos del entorno, como si fueran parientes suyos, como si se tratara de su familia; pero, bajando la voz, murmuró: “Claro que aquí también hay bichos de todas clases, víboras, escorpiones, lobos.., como ve no me privo de ninguna compañía”. Siguió diciendo que de vez en cuando bajaba al pueblo más próximo para aprovisionarse de lo necesario y que las noches las pasaba en una cabaña de piedras cerca de la cumbre. Precisamente a esta cabaña llegamos al cabo de un rato. Estaba situada entre un enorme peñasco y dos grandes encinas; sujeto en la entrada había un burro que nos miró burlón o así me lo pareció; hasta me dieron ganas de saludarle, pero como no sé rebuznar me limité a darle un toque amistoso sobre sus ancas.
En el interior de la cabaña había de todo, hasta con su fuego debajo de la roca, a cuyo calor nos sentamos sobre un camastro. El hombre descolgó del techo de troncos un par de recipientes forrados de mimbre, mientras decía: “¿Que prefiere?, un buen trago de tinto o coñac”; como ya le había echado, por mi parte, una mirada de reojo a un jamón que colgaba también del techo opté por el tinto como su mejor acompañante, además de un pan que estaba tan bueno que no desmerecía del jamón. Durante el tiempo que estuve allí hicimos buena amistad y le prometí volver más veces para ayudarle en su labor.

Con el tiempo volví efectivamente, pero no me lo encontraba nunca. Incluso la cabaña parecía abandonada. Una vez los pastores me informaron que se había ido a vivir al pueblo y que estaba con la mujer que le proporcionaba el suministro. No sé por qué, pero sentí cierta desilusión. Hasta la naturaleza que me rodeaba parecía triste, deprimida y como para confirmarlo, unos nubarrones negros empezaron a removerse inquietos, con ganas de bronca. Rápidamente bajé al pueblo antes de que comenzara a llover. Una vez allí y para animarme, entré en un bar del mismo, sorprendiéndome al encontrar al señor Equix que salía del local acompañado de una mujer bajita; él parecía más joven y vestía como un caballero. No se lo que más me molestó, si la risa de ambos o que Equix hubiera cambiado su montaña por aquella mujer.
Haciendo de tripas corazón me esforcé en saludarle, preguntándole por aquel sorprendente cambio. El contestó sin atreverse a mirar, como escondiéndose: “Bueno… eso ya pasó. Ya estoy viejo para seguir. Algún día…” En esos momentos el resplandor de un relámpago iluminó el océano de nubes negras que coronaba la cumbre. El trueno acompañante retumbó en todo el valle, no dejándome oír las últimas palabras de Equix, quien atemorizado, sin despedirse siquiera, se metió en su nueva casa son su nuevo amor. Mientras, la cumbre flameaba de relámpagos y truenos como si estuviera enfadada y quisiera derrumbarse sobre el pueblo.
Desde entonces aquella montaña me dio tanta pena verla tan sola, que ahora soy yo el que vive en la cabaña y le hablo a las rocas y los árboles, mientras les acaricio. Lo que más me molesta de todo es cuando la gente me mira como si fuera un bicho raro: Principalmente la mirada burlona del burro de antes, que ahora me acompaña. En cuanto a mi amigo Equix, cada vez que me ve por el pueblo, sale corriendo; sabe que soy su conciencia.

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