jueves, 24 de septiembre de 2009

Corazón de corcho

A finales de este mes de mayo un numeroso grupo de antiguos alumnos maristas vamos a celebrar el cincuenta aniversario de la salida del Colegio. Habrá, como es natural, alguna cena, alguna comida, algún viaje. Por supuesto, tendremos también unas clases muy respetables, sentados en los pupitres y dirigidas por los Hermanos Maristas profesores de aquel entonces que, gracias a Dios, aun permanezcan con nosotros. Hasta aquí todo completamente normal, como es preceptivo en esta clase de celebraciones; pero a continuación habrá un recreo, durante el cual se producirá el hecho insólito de jugar un partido de fútbol un tanto peculiar, único en su género, y no por la edad de los participantes, que ya tiene mérito, sino porque lo haremos igual que en viejos tiempos en los cuales, al no disponerse de pelota y mucho menos de un balón se jugaba con una pequeña pelota de corcho, con lo que el esfuerzo físico era mucho mayor y lo que se ahorraba en balones se gastaba en suelas de calzado. La cuestión es que desde entonces la pelota de corcho ha quedado como un símbolo colectivo entre nosotros, a modo de corazón compartido por todos y, como tal corazón de corcho, proclive a absorber, gracias a la enseñanza recibida, mas bien lo bueno o positivo que lo negativo. Entonces, ¿por qué jugar con nuestro corazón de corcho? Sencillamente, porque de esta manera en cada puntapié que se le da expulsamos alguna negatividad o maldad que hubiera podido infiltrársele con el tiempo: Algo así como si se tratara de una especie de exorcismo deportivo para limpiar su estructura; además también, porque mientras se juega le damos vida a nuestro ser colectivo y, haciendo ejercicio, igualmente al individual; finalmente, porque al jugar se recupera al niño que fuimos en su día, ese compañero ausente propio de cada cual, que se perdió con la edad, pero que sigue escondido en algún sitio del corazón ya que cuando menos se espera, travieso como es, nos da la feliz sorpresa de mostrarse, como si fuera el niño perdido y hallado con el tiempo.
Por todas estas razones y alguna más, no sólo celebraremos el referido 50 aniversario, sino que intentaremos, gracias a ese nuestro corazón de corcho, reunirnos otra vez dentro de otros 50. Así que hasta luego, seguro.

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