Durante las próximas semanas una enorme borrasca de consumo se nos viene encima a pesar del anticiclón de la crisis económica que en este caso no está situado en las Azores, sino en nuestros bolsillos. Dicha borrasca se ha formado por varias oleadas de nubes que nos atacarán por turnos. Es prácticamente imposible protegerse de todas porque son muchas: se puede hablar de la de los perfumes o colonias, la de los cedés, la de los libros, la de las videoconsolas, etc., pero la más peligrosa de ellas es, sin duda, la de los juguetes, que cuenta además de la complicidad publicitaria, con otros cómplices o aliados que se encuentran dentro de nuestro propio hogar, formando como una especie de “quinta columna” entrañable y adorable a la vez, a quien hay que hacer feliz porque se la quiere, porque no hay más remedio, y, simplemente, porque sí. De esta debilidad nuestra, padres, abuelos y demás familiares, se aprovechan los fabricantes de juguetes, poniendo en marcha una ofensiva a gran escala con sus ejércitos de pequeños monstruitos, quienes cada vez son más temibles porque unos, los muñecos, se parecen a sonrientes autómatas sospechosamente humanos; otros son tan complicadamente técnicos y tan sofisticados, que no se sabe a quien tenerle más recelo, si a esos endemoniados cacharros o a nuestros encantadores niños que los dominan con sorprendente y envidiable facilidad, como si fueran sus colegas de toda la vida. Todos estos juguetes tienen en común lo caros que son y la ilusión con que se compran. Aunque algunos de ellos solo funcionan en las imágenes publicitarias de televisión, porque en casa, no se sabe por qué extraña razón, se declaran en huelga de funcionamiento.
Ante los juguetes, sus infantiles destinatarios también tienen en común una primera reacción mezcla de alegría, cariño y respeto al contemplarlos, pero pronto se aburren de tanta perfección y lo que más les divierte es destriparlos, haciendo de cada uno, varios, con lo cual nosotros sustituimos el recelo a tales artilugios por el dolor de ver una inversión económica tan poco rentable y duradera, pero nuestro corazón, que también es su juguete, les perdona en silencio, por si las moscas.
En nuestros tiempos hacíamos de cualquier cosa un juguete más divertido que los de ahora, porque era algo nuestro, producto de nuestra imaginación, hijo de nuestra necesidad y compañero de nuestra carencia: unos sencillos tacos de madera podían ser un tren, una casa o un barco; de un alambre grueso se hacía un aro y nos tirábamos todo el día practicando el tráfico ecológico; una simple tabla de madera terminaba siendo una patineta, incluso con un hueso hacíamos el llamado juego de la Taba. Eran juegos más bien de calle, escenario en donde vivíamos muchas horas, sintiéndonos libres y felices. No se pretende afirmar con esto que los niños de ahora no lo sean, sino únicamente que cada tiempo tiene su historia y lo suyo es adaptarse a lo que haya. El inconveniente de ahora es hacerle frente a esa gran ofensiva de juguetes invasora y próxima: Que los reyes magos nos cojan confesados y con suficiente munición.
viernes, 25 de septiembre de 2009
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