viernes, 25 de septiembre de 2009

El Monte de los Suspiros

Al Suspiro del Moro, esa atalaya privilegiada que domina las vertientes mediterránea y atlántica de Granada, habría que llamarle más bien el Monte de los Suspiros, pues si Boabdil suspiró por perder su paraíso particular, al contemplarlo por última vez; nosotros, como granadinos, tenemos motivos más que suficientes para suspirar por ver, desde el mismo lugar, que nuestro paraíso colectivo lo estamos perdiendo sin remedio. El paisaje es cada vez más doliente y se puede observar con estupor, mirando hacia la vega, que el cáncer de hormigón que la consume va siendo mayor, con sus metástasis culebreando ya por las laderas adyacentes, proliferando en forma de urbanizaciones. A propósito de las mismas, en ciertos países envidiables, casi todas tienen más árboles que casas; aquí, en cambio, la mayoría parecen cementerios vivientes donde, a lo sumo, caben algunas macetas de algo indefinible.
Hacia el Mediterráneo y al frente, por si no teníamos bastante con la autovía dolorosa o del calvario, parece además, haber sucedido un bombardeo de enormes cicatrices blancas de las canteras circundantes de la Sierra, por sus laterales inferiores: Se va a conseguir así que Sierra Nevada termine siendo más blanca por abajo que por arriba, pues el blanco de la nieve desaparece al paso del año y con los años, mientras que el de las canteras es permanente y creciente. Incluso alguna de ellas parece estar situada dentro del mismo Parque Natural de la sierra, dándose la paradoja de que los letreros que así lo indican se encuentran en las proximidades de las mismas, demostrando con ello que si no hay interés por el medio ambiente, por lo menos se respetan los letreros que intentan protegerlo con la inútil fuerza de su fragilidad. Lo peor de las canteras es que cada día hay más sucursales por el entorno geográfico de Granada. Es como si hubiera ocurrido una lluvia de meteoritos y la provincia haya terminado vestida con traje de lunares o lamparones blancos de distintos tamaños, semejante al de alguna flamenca. No se puede negar que todo es necesario, la verdad, principalmente lo positivo del progreso. Pero ¿No se podría suavizar de alguna manera su impacto ambiental?
Ya, para terminar este dictamen doloroso, decir que, por acción o por omisión, somos cómplices de maltrato a la naturaleza, hasta el punto de que lo peor hoy día no es la pena de ser ciego en Granada, como dice el poema, sino cambiarlo diciendo: “Dale consuelo mujer, que no hay en la vida nada, como la pena de ver, lo que está ocurriendo en Granada”. O lo que es lo mismo: El Suspiro del Cristiano.

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