Cuando se aproximan las navidades se observa la aparición de un fenómeno peculiar por parte de esta sociedad hedonista actual. Es evidente que la Navidad consiste en la celebración del nacimiento del Niño Dios, mientras no se demuestre lo contrario, pero resulta que hay ciertos personajes que permanentemente ignoran o desprecian esa realidad divina en sus comportamientos morales, éticos, políticos o religiosos. Incluso algunos de ellos alardean de su ateismo o de su libertinaje moral a lo largo de todo el año, pero, aprovechando que se acercan tales entrañables fiestas, en las que la gente se vuelve más generosa y se anima a comprar de todo, hasta lo más inverosímil, bodrios incluidos, no tienen reparos en ser inconsecuentes con su manera de ser o de pensar y utilizan la ocasión que les brinda dicha efemérides cristiana para echar la red, digámoslo simbólicamente, cada uno en su faceta creativa, ya sea artística, literaria, cultural o de cualquier otro tipo, sacando a la luz pública sus productos respectivos, porque conocen la facilidad de venderlos durante esos días, incluso aunque lo que se refleje en tales productos, a veces, sea contrario a los motivos de la celebración de la que se benefician tan oportunamente.
Gracias a Dios, y nunca mejor dicho, al vivir en una democracia libre, cada uno puede hacer de su capa un sayo, siempre que se respeten las capas y los sayos ajenos; pero es que además, como si fuera un Arca de Noé sin límites, en el portal de Belén cabemos todos, incluso caben los que le niegan, los pecadores más empecinados, el mismo Herodes y hasta el mismísimo diablo si así lo quisiera. Por otra parte, como el Niño Jesús es un inmenso mar de amor lleno de Gracia, acepta y recibe todas las redes que se le echen, para que así todo el mundo recoja sus frutos, aunque evidentemente algunos no se lo merezcan. De esta forma, todos, seamos creyentes o ateos, queramos o no, participamos por activa o por pasiva en el Misterio del Niño Dios. Prueba esta de que en cierta manera, quien más, quien menos, en algún momento de su vida echa también su propia red, siguiendo el ejemplo de los apóstoles en el mar de Tiberiades. Lo único que se espera, lógicamente, es que al hacerlo seamos consecuentes con nosotros mismos, de forma que el pensamiento y el corazón propios vayan por el mismo cauce. Siempre.
viernes, 25 de septiembre de 2009
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario