viernes, 25 de septiembre de 2009

Secreto geográfico

Dentro del Valle de Lecrín, ese lugar con un magnetismo especial, inexplicable pero real, se encuentra El Chite. Dicho pueblo constituye la proa del Valle en forma de casas blancas que corta el viento, conocido por los lugareños como la “marea”. Proa encalada y altiva que a falta del mar que le niegan las montañas circundantes, sueña con navegar por ese mar de juguete llamado pantano de Beznar. Este lugar privilegiado se encuentra en el centro de una colección de paisajes que, como la tramoya de un teatro, no son los mismos todos los días, cambiando según los caprichos de la atmósfera. Inmerso en un permanente baño de naranjos y limoneros, actualmente, merced a la energía eólica, se adorna con modernos molinos de viento a un lado y al otro del entorno, tal que alas para volar, uniéndose así también a la “marea” del progreso, si no como barco navegante, si por lo menos como barco volador de sueños por un futuro mejor.
Reflejado el escenario, pasemos ahora a los personajes: la gente del Valle de Lecrín, en general, y las de Chite en particular son gente abierta, alegre y acogedora, incluso con los desconocidos, como he podido constatar personalmente. No podía ser de otra manera al vivir en tal sitio abierto hacia el mar, aunque la naturaleza, celosa guardiana de su querido valle, se lo oculte para evitarle aventuras y veleidades. En tal sentido, como diría Rafael Alberti, son marineros en tierra, que hubieran sido grandes navegantes si hubieran tenido un gran mar; de este imposible pero cercano mar, solamente reciben el saludo vivificador del ya mencionado viento la “marea”, que al mezclarse con el perfume de naranjos y limoneros revitaliza el pensamiento y el corazón, de ahí el carácter de su gente y su atractivo para aquellos viajeros que tienen la suerte de descubrirlo alguna vez, como una sorpresa inesperada en el camino.

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