Bienvenidas sean todas las ayudas sociales posibles siempre y cuando acierten en la diana de las necesidades reales y no levanten el escozor de los agravios comparativos. Bienvenidas sean mientras se controlen adecuadamente y no se contagien de esa popular enfermedad conocida como picaresca ibérica, que es la peor epidemia social existente, ya que afecta al corazón, corroe la conciencia solidaria y se transmite como las ondas por la superficie del agua en el seno de la sociedad que la padece, casi siempre en silencio por una complicidad mal entendida. Ante eso hay que denunciar, si los hubiera, los abusos o engaños, aunque solo sea a través de la temible “vox populi”, el mejor medio natural comunicante, porque es el más directo, el más sabio y el más libre.
Tambien habría que evitar el peligro de que algunas ayudas se consideren crónicas, siendo solamente provisionales, según sus características lógicamente, mientras llegue la esperada época de bonanza. En tal sentido, a medida que la situación de crisis se vaya superando, cabe preguntarse quien le pondrá el cascabel al gato de ir suprimiendo aquellas que ya no sean necesarias. Popularmente considerado, el hacerlo así tendrá sus inconvenientes sin duda, pero irremediáblemente habrá que tomar dicha medida con algunas cuando pase la tormenta y tampoco es cuestión de bloquearse ante una posible pérdida de popularidad: los paraguas se utilizan cuando llueve, no antes ni después.
Es fundamental comprender que las ayudas sociales bien entendidas, aparte de que deben tomarse como un derecho y no como limosna, no tienen que servir para acomodar el “dolce far niente” de algunas personas, pues una sociedad que se acostumbre al remedio de las suvenciones generalizadas está abocada a sufrir más que otras el riesgo de que se cumpla el anatema de “pan para hoy y hambre para mañana” además de que siempre tendrá más dificultades para salir hacia adelante que otras sociedades que se valgan por sí mismas. En España tenemos también el problema añadido de que la mano de obra cualíficada es inferior a la de otros países desarrollados, por lo tanto la mejor inversión que se podría hacer es incrementar toda la ayhuda económica posible, fomentando la especialización en todas aquellas facetas que impliquen factores de progreso. Dicha inversión sería más rentable en un futuro próximo y nuestros descendientes lo agradecerían, pues serán los beneficiarios de tal política económica al recoger la cosecha de lo que ahora se siembre. Nunca se puede cimentar una sociedad de progreso durmiéndose en la comodidad de los parches, por muy urgentes, efectivos y populares que sean en la actualidad. El futuro espera, pero siempre va llegando en pequeñas dosis. No hagamos que se nos venga encima de repente y con todo su peso. Siempre es mejor prevenir que parchear, aunque ambas cosas sean perfectamente compatibles en situaciones de emergencia. Bienvenidas sean pues las ayudas sociales como derechos y no como limosnas.
viernes, 25 de septiembre de 2009
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